Hagamos cuentas rápido. He sacrificado casi dos horas de mi vida viendo de cabo a rabo la entrevista de David Broncano a Pedro Sánchez en La Revuelta. Un suplicio inenarrable por el que les pido una sola cosa a cambio: que lean este artículo hasta el final, ya sea por pura empatía hacia mi salud mental o porque quieran informarse sin pasar por el mismo suplicio que yo.
¿Mi target? Esto no va de bandos, así que debería poder soportarlo cualquiera siempre que sea conocedor del sistema político en que vivimos o esté ya cansado de tanta mentira y tanta poca vergüenza. Como víctima de la DANA a la que esto causa profundo bochorno creo que la ocasión merece que el relato se despelleje como haría cualquier periodista crítico, pero desde una postura apartidista.
El presidente del Gobierno hace su aparición estelar luciendo una camisa sencilla y unos pantalones vaqueros ajustados (algunos ya han hecho saber que están muy impresionados por cuán ajustados) enfundado en esa piel de «ciudadano humilde» que tanto ensayan los laboratorios de imagen. Muy conseguida, todo hay que decir. Nada más arrancar y ante la pullita jocosa, pero realista, de que en estas votaciones ya no va a conservar el cargo, suelta la primera perla:
«Pero luego me dicen a mí que esta televisión es mía».
Y remata poco después con total naturalidad: «Yo aspiro a renovar cuatro años y si La Revuelta quiere, cuatro años más en Televisión Española». Un presidente del Gobierno fardando en positivo de su capacidad formal de control de prensa. Menos mal que la televisión pública no es suya. Arranca así el show con una contradicción flagrante y una declaración de intenciones donde la emoción pisa la cabeza a la razón, dejando al descubierto la estructura de oligarquía política que rige España desde la Transición.
Ante los fundados insistentes rumores de que ha colocado a dedo al presentador, presentados aquí, eso sí, en tono de mofa, Sánchez zanja el tema con un socorrido: «A esa gente da igual lo que les diga, porque van a pensar que todo es mentira».
Su cinismo cómico esconde una tragedia mayor: la profunda crisis de legitimidad que la propia clase política ha inoculado en el cuerpo social. Un pueblo al que han convertido en escéptico de todo, pero que, por una trágica paradoja, sigue tragándose las grandes mentiras fundacionales del régimen. Imaginen siempre todo esto entre risas y carcajadas que parecen sinceras, pero carcajadas sinceras de una película y no de la vida real.
Pedro Sánchez ha traído dos obsequios al programa, para el presentador —y confieso que lo primero que me he preguntado es si estarán pagados con dinero público y el regalo será de los españoles—. Broncano bromea «empezó Zapatero [con regalos] y fíjate». Un detalle menor pero revelador: Sánchez ignora olímpicamente el comentario. Aquí no hay lealtades de partido que valgan si el dardo se puede esquivar.
La comedia avanza y se hace entrega del primer presente: un tablero de ajedrez. Como la dinámica del mencionado juego consiste en «cargarse al rey», sale a relucir la broma sobre los avisos de Aznar, a modo de amenaza, de que Sánchez acabará trayendo la república.
Los tertulianos bromean con que eso no parece una amenaza, y Sánchez, una vez más, se limita a esquivar el bulto y silenciar el asunto.
No es casualidad: en los cimientos del régimen juancarlista la voz del republicanismo político real está radicalmente proscrita, la forma de Estado no se toca. La monarquía todavía es el pegamento simbólico que sostiene al régimen; un régimen que, para quienes habitan la gran mentira, trajo la democracia de la mano del Borbón. Y aún quedan bastantes generaciones que fueron amamantadas con el relato desde que su (falta de) conciencia política surgió con el mismo régimen.
Reivindica al Felipe González de los 80 (pactismo con el franquismo). Es más, dice que él se unió al PSOE por Felipe González, pero dice que «ahora mismo no me siento muy identificado con sus opiniones». (Aprendan de este señor que ni siquiera él puede decir sin bochorno que sus opiniones no lo representan, como si la representación fuera algo que sucede por mera coincidencia ideológica aparente.)
En todo momento está con una actitud de risas y de hecho matiza que lo dice sin acritud. Su actitud es la actitud cordial, divertida e impostada de un presentador de programa. De hecho en todo momento lleva el peso del mismo, mucho más que Broncano.
Sobre los rumores de que Marruecos tiene información suya a través del hackeo dice: «Lo que tendrán, si es que me han robado algo, son fotos con mi familia».
Obviamente esto es falso por muchas razones (empezando porque un ejecutivo tiene mucha más información de interés que fotos familiares), pero es una forma de mantener cercanía con los españoles que han podido formar una familia y que no tienen en el móvil nada relevante que esconder.
O quizás algo tengan. Pues Sánchez ni eso, es mucho más humilde que ustedes.
Además nos trae de su experiencia un consejo de ciberseguridad: que la gente apague el móvil cinco minutos al día. Yo añado otro de verdadera salud política: que la gente no encienda la TV ni cinco minutos al día.
Cada vez que entrega un regalo al presentador hace todo un espectáculo. El segundo es un perro de juguete con capa. Lo acaricia como si fuera un perro real y habla de sus mascotas; luego dice que se lo regalaron sus colaboradores, que sirve para guardar galletas y que él, a su vez, se lo regala a Broncano (no se busca la perfección en el discurso: está mal visto, por ejemplo, regalar algo que te han regalado).
Después abre el perro y, en lugar de galletas, dentro hay chapas de «Perro Sanxe» con un corazón, haciendo suyo el insulto. Y toma una y se la pone él. Y dice que si quieren algunas, pues que hay más. Nada de eso tiene ninguna lógica ni fundamento, pero aquí nadie ha venido a dar lógica ni fundamento, entre otras cosas porque en el régimen del 78 eso no existe.
Cuando se sienta porque va a empezar la entrevista, por ejemplo, toma el peluche de perro que tiene el sofá y lo pone sobre él, como si él fuera un niño con un perro real. E incluso pregunta «¿Tiene nombre?». Se cae un micrófono sin causa aparente de la mesita de al lado del sofá. Sánchez se agacha rápido a recogerlo, tan cercano como impostado. «¡Ha sido el presentador, no he sido yo!», aunque no hay causa aparente de la caída.
Y de broma le ofrece elegir cómo quiere la entrevista, más dura, más relajada, mostrando servicialidad real al dar una innecesaria ocasión al presidente de decir que «Lo que tú consideres, Pedro [sic]», «Si yo digo algo van a considerar que soy un dictador». Y nada casualmente eso le sirve para llevar la entrevista a los recientes insultos de Milei.
La gente ya sabe que lo que dijo Milei está fuera de lugar, mas es una forma de arrancar el aplauso y de apelar a la empatía, antes incluso de empezar. Los argumentos racionales, curiosamente, los da Broncano diciendo que está fuera de lugar ir a un país de visita a insultar, que incluso una crítica sería legítima, pero no insultos.
Y dice que mucha gente de los otros partidos debería haberlo recriminado. Pedro no ha elegido de cara a la galería el tono de la entrevista, pero el tono ya empieza marcado: es el entrevistador el que da fuerza argumental a lo que dice el entrevistado.
El entrevistado solo ha venido a hacer una performance emocional. Se considera un bastión, dice explícitamente, que lo extraordinario es tener un gobierno de la cuerda ideológica que él tiene y además demostrar que esas políticas funcionan.
Esto es muy curioso porque no tiene mucho que ver con la realidad de la socialdemocracia europea. «Me llaman de todo; se acuerdan de mi madre. Yo también me acuerdo de las suyas cuando subo las pensiones o el salario mínimo interprofesional».
Es gracioso cómo extiende esa proyección constante e impuesta de ser una persona humilde incluso a los líderes de la oposición y de otros países: todos sabemos que las madres de estas personas pertenecen a una clase social muy distinta de la nuestra, que quedan muy al margen de esas políticas sociales a las que se refiere. Pero eso aquí hoy no importa, no existe.
Broncano concluye que va a hacer una entrevista de «tele pública», apartidista. Por lo pronto el entrevistador ya ha traicionado al sector más enorme de la población: el que se abstiene de votar.
Pero por si no había quedado claro lo ratifica: «¿Qué medidas has tomado que beneficie a la gente que no te vota, es decir a gente que está en contra de ti?» Vinculando el voto a la afinidad con una persona cuando en España no se puede votar a personas, y con el voto por miedo a El Otro™. Sánchez cita distintas «políticas sociales» como respuesta y señala que según las encuestas muchos votantes de Derecha™ o Ultraderecha™ están de acuerdo con ellas, pero ellos siguen votando a PP y VOX en contra de sus propios intereses. Jean-Jacques Rousseau ha poseído al presidente del Gobierno. El presentador que no presenta pide que se ponga nota a sí mismo. El verdadero presentador se niega porque eso se lo deja a Tezanos.
Broncano socarronamente le contesta que entonces le va a poner «un 10 sobre 10». Sánchez exclama: «¡Por supuesto!». El control oligárquico de todas las estructuras del Estado es absoluto. Saca pecho de los datos macroeconómicos como medidor de nota.
Mucha gente no lo percibe, le dicen. Sánchez contesta repitiendo datos macroeconómicos. También saca pecho de su reforma laboral, archicriticada porque es perfectamente firmable por Aznar. «Esa fue la que se logró aprobar porque un diputado del PP se equivocó de botón», votando, de hecho, telemáticamente. Les recuerdo a mis lectores que basta con leer el Pacto Antitransfuguismo y sus adendas para convencerse de que esos diputados se equivocan de botón por orden de su líder de partido tras haber pactado algo a puerta cerrada con el presidente del Gobierno (bajo condiciones que los españoles jamás conocerán).
O, mejor dicho, eso es lo que yo iba a recordarles antes de seguir escuchando, porque Sánchez va de frente en muchas ocasiones en lo que respecta a decir alto y claro que es un oligarca.
Y dice públicamente ante millones de españoles que eso fue un problema de transfuguismo. Lo que pasa es que nadie se ha leído el dichoso pacto y decir eso no es lo honroso que los españoles creen que es.
De pronto, en pantalla, con ese humor casposo que los caracteriza, una foto editada de un Pedro Sánchez muy musculoso sin camiseta, y Pedro, mucho más inteligente que ellos, exclama que «¡ese es Aznar!», pero aclara que nunca le ha tocado el abdomen.
Le piden que diga sus dos o tres peores errores:
1. La decepción por los casos de corrupción de quienes creía conocer. Se quedó helado al descubrir esas cosas. Consigue convertir un error en una ocasión de ser la víctima.
2. Quizás en algunos debates parlamentarios (como si acaso existieran tales) se han cometido errores. Pedro Sánchez no comete errores, los cometen otros.
Después llega el momento más lamentable de la entrevista, que abordaremos en la siguiente parte, para no hacer el artículo tan largo y pesado como lo fue el programa.
Por Alejandro Caballero.



Deja una respuesta