Iba paseando en libertad por un frondoso bosque de castaños y en inmejorable compañía, cuando rápidamente apercibí que en mitad de nuestro camino se habrían dos senderos.

Uno era empinado, rocoso y lleno de matorrales, por lo que apenas podíamos ver el final del camino; sin embargo, el otro era llano y claro, avistándose a lo lejos una gran taberna dónde la gente vociferaba en señal de aprobación al contemplar que sus mesas estaban repletas de buen vino y suculenta carne.

Llevamos varias horas caminando, y mi deseo irrefrenable era seguir a la masa, pues la comodidad se tornaría en un pronto descanso.

—¿Esa es la meta que nos propusimos cuando empezamos a andar? ¿Acaso crees que a mí no me fallan las fuerzas? —dijo avivadamente mi fiel compañero de batalla.

En efecto, ese no era nuestro destino, pero había sido por unos instantes confundido por los efímeros placeres que algunos disponen concienzudamente con el único fin de desviarnos de la ruta.

Mismamente pasa con nuestra sociedad, aquella que una y otra vez ahoga sus penas en etéreos deseos de conquista, mientras come y bebe guarnecido en su hogar, esperando que las decisiones que ellos debieran tomar recaigan en manos manchadas de amoralidad.

Anhelo tanto que en mi pueblo se produzca esa morrocotuda metanoia, que casi puedo hasta tocarla. Ese cambio de dirección en las almas que suspiran por arrancarse el yugo de las falsas promesas. Esa metamorfosis perfecta que implica despojarnos del velo de la ignorancia y tomar el control de lo que siempre fue nuestro.

Nadie podrá decirme que no soy español, hombre de Estado, cuando lo amo como jamás he amado.  Nadie podrá decirme que lucho por una utopía, cuando cada día más gente entiende que en una democracia ellos son la soberanía.

Empezamos a ser conscientes de cuál es el camino correcto, y todo pese a lo difícil que pueda resultar su trayecto repleto de sibilinos aduladores homólogos que tatarean el mismo cantar que las sirenas cuando se acercan las elecciones.

No tengo miedo al cambio, pues prueba de ello es que ya empecé a andar.

Yo no voto: ¿caminamos juntos?

Por Miguel A. E.

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