Las élites que gobiernan el mundo siempre han entendido una verdad sencilla: un pueblo unido es imposible de controlar. Por ello, a lo largo de la historia, han desplegado distintas herramientas para sembrar división y mantener a la sociedad enfrentada consigo misma.
Primero fueron las ideologías políticas. La derecha y la izquierda, junto con todas sus derivaciones, no surgieron como caminos reales hacia la solución de los problemas ciudadanos, sino como trincheras diseñadas para que la población se desgastara en una batalla sin fin. Mientras tanto, las necesidades fundamentales de la gente quedaban relegadas a un segundo plano.
Después, las divisiones se profundizaron en otros terrenos: hombres contra mujeres, trabajadores contra autónomos. Así, un agricultor con un coche mejor que el de su vecino pasa a ser considerado “privilegiado”, sin entender que la verdadera riqueza y poder se concentran muy por encima de esas comparaciones.
Más tarde llegó la ideología de género, que terminó por fragmentar aún más el tejido social. El debate ya no se centra en la búsqueda de puntos en común, sino en señalar al otro como enemigo irreconciliable. El resultado: cualquier discrepancia convierte al interlocutor en “nazi” o “comunista”, aunque no tenga relación con ninguna de esas posiciones.
Ahora asistimos a una nueva fase de la estrategia: enfrentar a los nietos contra los abuelos. Se les dice a los jóvenes que las pensiones de los mayores, conquistadas tras décadas de trabajo duro y condiciones de vida mucho más difíciles, son las responsables de un futuro incierto. Así, los ancianos, que deberían ser ejemplo y memoria viva, pasan a ser vistos casi como criminales por disfrutar de una vejez merecida.
Todo esto tiene un origen común: las ideas, las modas políticas y las batallas sociales no surgen de abajo hacia arriba, como debería ocurrir en una democracia real. Se imponen desde arriba, desde los intereses de una clase política subordinada a poderes económicos internacionales. Los gobiernos se dedican a señalar cuáles son los problemas de los ciudadanos, cuando en realidad los problemas reales —empleo digno, vivienda, justicia independiente, servicios públicos eficientes— siguen sin resolverse.
La raíz del problema es el propio sistema político. En países como España, el modelo partidocrático garantiza que controlando a los líderes de los partidos se controla al conjunto de los ciudadanos. No existe una auténtica representación, no hay separación entre el poder ejecutivo y legislativo, y hasta el poder judicial está condicionado por los mismos actores políticos. En última instancia, el poder reside en el Estado, pero si ese Estado no está bajo control ciudadano, ¿quién lo controla entonces?
Mientras no entendamos esto, seguiremos siendo arrastrados de enfrentamiento en enfrentamiento, creyendo que luchamos por nuestras convicciones cuando en realidad estamos sirviendo a intereses ajenos. Y lo que viene no es alentador: si hoy se siembra la división entre generaciones, mañana veremos cómo se profundiza esa fractura hasta destruir el vínculo más natural que existe, el de la familia.
El desafío es despertar, dejar de pelear en los campos que otros han diseñado para nosotros y comenzar a reclamar un sistema político verdaderamente al servicio de los ciudadanos. Porque si no lo hacemos, seguiremos atrapados en el viejo juego de dividir para reinar.
Por Demócrata Enfurecido.




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