La izquierda domesticada: la sutil estrategia del poder para evitar la disidencia.
En las últimas décadas, hemos sido testigos de una transformación ideológica profunda, tan sutil como efectiva. Mientras se implementan agendas globales como la Agenda 2030, una parte significativa de la sociedad parece no notar un fenómeno clave: la cooptación de la izquierda por parte del poder económico.
Históricamente, la izquierda ha sido el motor de las grandes luchas sociales. Sindicatos, partidos obreros, movimientos populares… todos surgieron como respuesta a la opresión del capital y la desigualdad estructural.
Sin embargo, si comparamos a la izquierda de hace 20 o 30 años con la actual, encontramos una paradoja inquietante: muchas de sus posturas clásicas hoy serían calificadas de «reaccionarias» o incluso «fascistas».

¿Cómo se llegó a este punto? La respuesta está en una estrategia brillante y peligrosa: el poder no atacó a la izquierda frontalmente, la compró.
Foros de influencia global como el Foro Económico Mundial han entendido algo que los pueblos aún no terminan de asimilar: la disidencia nace desde abajo, desde lo que tradicionalmente fue la izquierda.
Por eso, para asegurar que esa disidencia no amenace el orden establecido, han financiado, infiltrado y dirigido a las cabezas visibles de esos movimientos.
El resultado es una izquierda que hoy defiende banderas perfectamente funcionales al sistema:
1) La ideología de género, convertida en una narrativa hegemónica, que divide y fragmenta el tejido social.
2) Una ecología institucionalizada que, lejos de proteger la naturaleza, criminaliza al pequeño agricultor y empobrece al mundo rural.
3) Una deconstrucción de la familia tradicional no para liberar al individuo, sino para debilitar los lazos comunitarios que hacen fuerte al pueblo.
4) Los sindicatos, antaño defensores inflexibles de la clase obrera, son hoy actores cómplices del poder. Resulta ilustrativo verlos manifestarse en Francia contra el aumento de la edad de jubilación, mientras en España pactan silenciosamente su aumento con un gobierno supuestamente de izquierdas. Esa incoherencia no es casual: es la evidencia de que la izquierda ha dejado de ser un contrapeso real.
Lo más alarmante es que todo esto ha sucedido sin grandes sobresaltos, sin represión violenta ni golpes de Estado. Ha sido una domesticación progresiva, basada en el marketing, en las etiquetas ideológicas y en la manipulación emocional.
El poder ha comprendido que es mucho más efectivo controlar la disidencia que reprimirla. Si quienes deberían cuestionar el sistema trabajan para él, entonces el sistema se vuelve invulnerable.
La conclusión es clara: la izquierda tradicional ha muerto, al menos como fuerza transformadora. Lo que queda de ella es un cascarón vacío, una estructura institucional que sirve de decoración progresista para políticas profundamente regresivas.
Mientras tanto, millones de ciudadanos siguen atrapados en una guerra cultural que no cambia nada esencial, entretenidos en debates superficiales mientras se pierden libertades, soberanía y justicia.
Es momento de despertar. De dejar de mirar las cosas con el lente ideológico impuesto y empezar a cuestionar a quién sirve realmente cada narrativa.
La verdadera resistencia no vendrá desde las etiquetas, sino desde la lucidez y la valentía de pensar por uno mismo.
Por Demócrata Enfurecido.





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