En España llevamos ya muchos años viendo cómo, a pesar de los escándalos de corrupción y de la deriva que ha tomado el régimen del 78, los dos partidos mayoritarios, el Partido Popular y el Partido Socialista, siguen siendo los más votados cuando llegan las elecciones. Y eso es algo que a muchos de los que llevamos tiempo reflexionando sobre el sistema político nos sigue llamando muchísimo la atención.
Los que llevamos años en la lucha por cambiar el sistema hemos tenido la oportunidad de hablar con muchísima gente. En conversaciones, debates o simples charlas de bar, cuando explicamos que el problema que tenemos en España no es solo lo que hagan los políticos, sino que el propio sistema político les permita hacer lo que hacen, pasa algo curioso.
Cuando empiezas a hablar de cosas como la separación de poderes real, la representación política o la independencia judicial, la mayoría de la gente sea de izquierdas o de derechas reconoce que eso tiene todo el sentido del mundo.
Muchos te dicen: «Pues sí, es verdad, así debería funcionar una democracia».
Pero justo después viene siempre la misma frase: «Eso en España no se va a poder cambiar».
Y claro, ahí está uno de los grandes problemas. Mucha gente reconoce que el sistema tiene fallos de base, pero al mismo tiempo piensa que no hay forma de cambiarlo. Y uno de los motivos que suelen dar es bastante evidente: los dos partidos que dominan el sistema son también los que acumulan más casos de corrupción y los que más interés tienen en que nada cambie.

En más de un debate ha salido incluso una idea que a primera vista puede parecer práctica: que para implantar un cambio real de sistema primero tendría que llegar una especie de dictadura que impusiera esas reformas por la fuerza, para después devolver el poder al pueblo en una democracia verdadera.
Entiendo por qué hay gente que piensa así. Cuando uno mira la situación desde un punto de vista puramente práctico, puede parecer hasta una solución rápida. Pero si lo pensamos con calma, la cosa cambia bastante. Si ya vemos abusos de poder dentro de un sistema de partidos donde el poder está repartido, imaginemos lo que podría pasar si todo el poder lo tuviera una sola persona.
La naturaleza humana es la que es. Y la historia está llena de ejemplos que demuestran que cuando alguien concentra todo el poder, lo normal no es que lo suelte voluntariamente después.
Por eso, aunque entiendo perfectamente que haya mucha gente cabreada con el sistema actual o con el presidente de turno, creo que el primer cambio que tiene que ocurrir no está en las instituciones, sino en las personas. Empieza en uno mismo.
Si una persona reconoce que el sistema necesita cambiar, lo primero que debería hacer es ser coherente con lo que piensa. Que sus actos vayan de la mano de sus ideas. Porque de poco sirve reconocer que el sistema tiene un problema si luego seguimos actuando exactamente igual que antes.
Desde el movimiento abstencionario llevamos mucho tiempo diciendo algo muy simple: si no cambiamos primero las mentes, no podemos cambiar lo material. Cualquier transformación grande empieza siempre con una idea. Primero se construye en la cabeza, y con el tiempo, si esa idea prende en suficientes personas, puede acabar provocando un cambio real.
En mi opinión, en España tenemos también un problema de honradez intelectual. No con nadie en particular, sino con nosotros mismos. Si tuviera que poner una cifra, diría que en torno al 80% de la gente con la que he hablado sobre los beneficios de un sistema democrático de verdad como el que se plantea, por ejemplo, en la teoría política de Antonio García-Trejano acaba reconociendo que ese modelo tendría muchas ventajas.
Sin embargo, esas mismas personas luego te dicen que algo así no sería posible en España. Y lo más llamativo es que muchas de ellas siguen votando, elección tras elección, a los mismos partidos que han contribuido a crear los problemas que dicen querer solucionar.
Ahí es donde aparece esa contradicción.
Con este artículo no pretendo convencer a nadie de nada concreto. Solo dejar una reflexión personal. Creo sinceramente que el primer paso para poder cambiar el sistema político que tenemos no está en los partidos, ni en los líderes, ni en una reforma milagrosa.
El primer paso está en la cabeza de cada uno.
Cuando una persona cambia de verdad su forma de pensar, tarde o temprano también cambia su forma de actuar. Y solo cuando suficientes personas hagan ese cambio interior será posible que llegue, algún día, un cambio real en el sistema político.
Por Demócrata Enfurecido


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