Ni de izquierdas ni de derechas: la urgente necesidad de una democracia real en España. Separación de poderes, representación política y libertad constituyente.

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En España arrastramos un sistema en el que, pese a su apariencia democrática, la separación real de poderes entre el ejecutivo y el legislativo es inexistente. El poder judicial, lejos de ser independiente, se ve nombrado y condicionado por decisiones de origen político. La falta de representación política real, propiciada y camuflada por un sistema electoral basado en listas cerradas y bloqueadas, ha facilitado la concentración de poder y la corrupción en las instituciones. Esta estructura se aleja profundamente de los principios de separación de poderes que Montesquieu definió ya en el siglo XVIII como indispensables para la existencia de una democracia, y de la propuesta de ruptura democrática y constituyente defendida por el jurista y pensador Antonio García-Trevijano.

La teoría política de Montesquieu, uno de los pilares de la democracia, se basa en que el poder debe ser contenido y limitado a través de su separación en tres ramas independientes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Cada una debe operar con independencia para que el poder de uno actúe como freno del otro, y así evitar abusos.

Este principio es mucho más antiguo, ya lo vimos por ejemplo en el Consulado romano, donde el poder se separaba en dos cónsules elegidos cada año, para que el uno fuese el límite y el contrapeso del otro, y se evitase el abuso de poder.

Sin embargo, hoy en España, el ejecutivo domina al legislativo, cuyo papel se ha visto reducido a la aprobación de medidas dictadas desde el Gobierno. Esto supone una completa sumisión del poder legislativo a las decisiones del poder ejecutivo, lo que socava la esencia misma de la democracia.

La teoría de Antonio García-Trevijano va más allá en el perfeccionamiento de la democracia. De hecho, escribió una teoría pura de la democracia, queriendo decir con «pura» la total desvinculación con ideologías. Señalaba García-Trevijano que un sistema político auténticamente democrático debe asegurar no sólo la independencia de los poderes, sino también la verdadera representación política de los ciudadanos.

Una representación verdadera es la clave, ya que es en este punto donde las actuales partidocracias  se hacen pasar por democracias, se camuflan como si fuesen democracias, empleando la mentira institucional como medio de dominación política. 

La representación verdadera sólo existe cuando los representados tienen poder verdadero sobre el representante (un poder que, en su máxima expresión, es la facultad de revocación en todo momento y la exigencia de responsabilidad) cosa que no ocurre en la partidocracia.

Sin representación uninominal directa por distritos —donde los electores puedan conocer a su diputado y exigirle responsabilidad o incluso revocarlo—, se produce un vacío de control. Este sistema sin control del ciudadano, basado en listas de partido, permite a las cúpulas de los partidos confeccionar listas cerradas sin competencia interna real, resultando en un Parlamento que es falso, que no representa al pueblo, sino que responde a las directrices de las élites partidistas y deja en segundo plano las demandas de la ciudadanía, o directamente las ningunea.

Para terminar con la partidocracia, y establecer una democracia, García-Trevijano defendía la necesidad de un «período de libertad constituyente», donde los ciudadanos pudieran elegir verdaderos representantes a Cortes Constituyentes que redacten una nueva Constitución, con una efectiva separación de poderes y una auténtica representación política. Durante el periodo constituyente el país podría seguir funcionando pacíficamente con un Gobierno en funciones, como se ha demostrado durante los periodos en los que no se ha formado Gobierno.

En nuestro actual contexto, la falta de separación de poderes y la inexistencia de una representación política genuina son el caldo de cultivo perfecto para la corrupción. Sin un sistema de contrapesos y responsabilidades, y con un falso Parlamento plegado a los intereses de los partidos, la corrupción encuentra un terreno fértil para prosperar. Sólo a través de un cambio estructural profundo que vaya a la raíz, que replantee la separación de poderes y asegure la responsabilidad de los representantes ante sus electores, podrá combatirse de manera efectiva.

La única vía posible para alcanzar esta necesaria transformación es el periodo de libertad constituyente preconizado por García-Trevijano. La sociedad civil tiene el poder y la responsabilidad de exigir y de constituir un sistema político que garantice la separación de los poderes, la transparencia y la verdadera representación. En lugar de conformarse con una participación pasiva en un sistema que perpetúa la falta de control ciudadano, así como la división ideológica que beneficia a los partidos, es hora de que el pueblo español se active unitariamente en el rechazo a este sistema, y demande una ruptura pacífica y democrática. La abstención consciente y organizada es una de las muchas herramientas de presión, para deslegitimar un Régimen que no representa los intereses de los ciudadanos.

Es el momento de reclamar un sistema verdaderamente democrático que rompa con los vicios del régimen actual. La participación en el sistema, o la mera queja sin acción, sólo perpetúan un régimen ineficiente para el pueblo español; un régimen que no rinde cuentas, que es abusivo para el pueblo, y que vive a costa de explotar a la mayoría. La sociedad española tiene en sus manos el poder de exigir una democracia auténtica. Para ello, el primer paso es darse cuenta de dónde está la raíz del problema y salir de la rueda ideológica y de las agendas y los falsos problemas que imponen los partidos. El segundo paso es tomar acción: deslegitimar el régimen mediante la abstención activa y la desobediencia civil pacífica, y así forzar a los políticos a abrir el camino hacia la libertad constituyente. Esto no es sólo una opción, sino una necesidad histórica para construir un futuro colectivo donde se defiendan los intereses del pueblo, y no el de las élites políticas.

Por Demócrata Enfurecido.

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