La soberanía como concepto objetivo y fundamentalismo democrático.

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La soberanía es un concepto que sólo se puede comprender desde un punto de vista objetivo si se entiende como el atributo estructurador de un Estado. La soberanía es la plenitudo potestadis que el Estado tiene hacia sus gobernados, no hacia afuera, más allá del Estado. La soberanía es un concepto que estructura la relación que un Estado tiene con sus gobernados; produce sus efectos ad intra, no ad extra.

La soberanía es, por tanto, la supremacía del Estado hacia los cuerpos sociales e individuos que habitan el territorio que domina el Estado.

Hablar de soberanía en contexto internacional pertenece a un concepto de soberanía absolutamente relativo, imposible de fijar. Entonces, ¿qué importancia tiene la soberanía en un contexto internacional? Pues es importante porque influye en la composición de las fuerzas del mundo. Un Estado se estructura internamente de forma soberana, y esa soberanía le concede la capacidad de proyectar de forma muy efectiva sus recursos hacia afuera, porque el Estado soberano en tanto que capitalizador de la violencia, de lo jurídico, de lo fiscal, etc. reúne una capacidad de recursos que le hacen posible desarrollarlos hacia afuera.

La soberanía, como estructura interna que es, en la que existe per sé una cadena de mando producto de la capitalización del poder donde quien preside el Estado está arriba de esa cadena de mando, hace que si se controla a éste —al presidente— sea más fácil controlar todo el territorio que domina el Estado. Por tanto, la soberanía hace posible muchas veces que no sea necesario invadir físicamente un país para dominarlo.

La presidencia de la cadena de mando, cuando se exige que esté disputada por una pluralidad de fuerzas políticas, hace preciso controlar el poder político en su totalidad si se quiere que el control de un Estado desde fuera sea efectivo. Así, es necesario concentrar el poder político para poder dominarlo fácilmente aunque exista pluralidad de fuerzas aparentes que atiendan a esa exigencia.

El sistema político que mejor cumple esa función es la partidocracia, que con las listas de partido crea cadenas de mando internas en los partidos de manera que, aunque no sea suficiente controlar a una sola persona, con controlar a unos pocos oligarcas políticos es suficiente. Este sistema es el que interesadamente ha extendido Estados Unidos desde el fin de la segunda guerra mundial.

Lo que mejor maneja EE.UU, y que ha caracterizado su forma imperial de dominación es el dominio de los Estados sin entrar (sólo en contadas ocasiones) físicamente en ellos. Pero entra ideológica y políticamente, dominándolos.

Además, también entra monetariamente, algo han perdido los Estados; su capitalización monetaria. También ha creado una estructura mundial de propaganda occidental, donde todos los medios occidentales están conectados en una compleja —pero funcional— red mediática para el dominio de la información. Ello es otra pérdida parcial de los Estados en favor del imperio americano; la capitalización simbólica.

Para concluir, es necesario entender que un país no deja de ser soberano porque esté dominado por otro, sino que, muchas veces, cuando la dominación no es física producto de una ocupación, el dominio se hace a través de la soberanía de un Estado, como por ejemplo Estados Unidos a España.

Fundamentalismo democrático alejado de la realidad.

Lo que está pasando en España es la reacción de una sociedad intoxicada por el fundamentalismo democrático ante una dosis de realidad como es la invasión de un país a otro, la crisis económica, la crisis energética, etc.

El imperio es el motor de la historia, y la guerra no es más que la manera de accionarlo, la chispa. Todas las civilizaciones, sociedades, establecimientos etc. se asientan en los cimientos que se forjaron tras la guerra, donde se declaró un ganador, y ese ganador construyó y comandó ese establecimiento.

Nuestro pacifismo no es más que una ideología provocada por la impresión de tranquilidad tras la unipolaridad mundial de Estados Unidos. Pero en realidad el pacifismo es estúpido, porque la paz es un concepto negativo que significa que no hay conflicto violento declarado, precisamente porque hay uno que tiene la fuerza hegemónica, y con esa potencial violencia suprema sobre el resto —y aceptada por el resto— se da la paz.

La violencia garantiza la paz: Si vis pacem, para bellum: Si quieres la paz, prepara la guerra (Vegecio).

Ocurre lo mismo en el Estado. El Estado es garante de la paz y la seguridad en un territorio, precisamente porque es el monopolio legítimo de la violencia (Max Webber). Sin las armas del aparato coercitivo estatal no podría existir la paz y la seguridad que el Estado provee. O como decía Gianfranco Miglio, el Estado es la antítesis de la guerra civil; es decir, no hay guerra civil con un monopolio de la violencia mediante un aparato coercitivo establecido en un territorio.

No hay un Estado que gobierne el mundo, pero ha existido desde hace décadas, antes de la caída de la URSS incluso, un hegemón incontestable mundial que ha asegurado una pax mundial; como Roma estableció la pax romana cuando acabó con Cartago. Ahora esa potencia está perdiendo hegemonía; Rusia ya no es la débil de los 90, ni ese grupo de países del que forma parte llamado BRICS son los tercermundistas del siglo XX.

Dejen de vomitar fundamentalismo democrático, seres de luz, dejen de creer que hemos llegado al fin de la historia, dejen de creer que el reino de Dios es posible en la tierra… Malditos moralistas, si quieren espiritualidad, mejor crean en el cielo después de la muerte, y dejen de dotar al mundo terrenal de utopías que nos conducen al más absoluto nihilismo.

La democracia no es más que política, procedimental, unas reglas específicas de juego político (representación del elector y separación de poderes) con calado interno en un territorio. No es un modo moralista de conducta ni se puede aplicar fuera de unas fronteras. La democracia pertenece a la relación entre gobernantes y gobernados, no a la relación entre países: esa relación está regida por la ley del más fuerte.

Por Iván Abalos.

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