El poder político es público, y en última instancia, su corazón ha de residir en el pueblo, el colectivo que todos formamos. Eso parece que lo hemos olvidado, y debido a este lapsus oligárquico que llevamos viviendo más de cuarenta años, nuestros dirigentes se aprovechan para arrebatárnoslo sin que lo sepamos. Son tiempos similares al Antiguo Régimen, donde el poder residía en el Monarca Absoluto, ¡ahora reside en los Monarcas Absolutos de los partidos!
Por todos es conocida la situación en la que nos encontramos: la mafia de los partidos ocupando todas las portadas, una pandemia sin precedentes con más chanchullos que van saliendo a la luz, un conflicto bélico internacional en ciernes, con una tasa de paro insostenible en la cual a la población joven le cuesta cada día más encontrar un empleo decente… pero a nuestros políticos no les importa nada de eso. Ellos siguen viviendo a lo grande como si nada: crean más ministerios, se suben el salario, ninguno renunció a sus sueldos en la pandemia, planean una subida draconiana a los autónomos, impuestos a las autovías, hay inflación en alimentos, luz y carburantes mientras el presidente viaja en Falcon…
Pero os diré una cosa: que ocurran todos estos abusos es de lo más normal. Lo raro sería que no se diesen, porque tales abusos vienen dados por la propia naturaleza de esta llamada «Constitución». Una Ley Fundamental que, como fue elaborada por una camarilla de partidos políticos y no por el pueblo, entonces redunda en el interés de los partidos y no del pueblo: les da a políticos una serie de prerrogativas y privilegios que dificultan en gran medida que respondan por sus actos durante su estancia en la vida pública. Entonces producen con su labor de servicio el milagro de los panes y los peces… pero en sus cuentas corrientes.
Uno de los principales problemas que sufre este país es el descontrol de la clase política y la ausencia de mecanismos reales para que la clase dirigente rinda cuentas ante el ciudadano al que supuestamente sirven.
El descontrol a la clase política, y por ende a las grandes corporaciones financieras y mediáticas, conduce a la ruina del pueblo, porque nadie lucha en realidad por los intereses del pueblo. ¿Cómo obligar a que luchen por nuestros intereses verdaderos si no podemos obligarles a nada?
La incompetencia de los servidores públicos (servidores de sí mismos en realidad), provocando que, en el panorama internacional, seamos un país de segunda, un país desmantelado, una nación subordinada a otras, y que no se nos tenga en cuenta para las decisiones de verdad importantes, como quedó demostrado con la ronda de llamadas del Presidente de los Estados Unidos, a quien (¡encima!) le apoyamos como criados sin rechistar en el conflicto de Ucrania.
Qué guirigay amigos. No es mi intención hacer leña del árbol caído, pero sí poner de manifiesto que este castillo de naipes que nuestros políticos han orquestado a lo largo de los años necesita un cambio profundo de raíz y cimientos. Porque si dejamos ese cambio de raíz en manos de los políticos, van a seguir haciendo lo mismo: se van a seguir aprovechando y viviendo al tutiplén. Por eso este cambio real debe hacerse desde la movilización ciudadana, y no desde las urnas del sistema de partidos, ni tampoco desde el desdén de la población.
El objetivo es claro: que nuestro Estado se doblegue ante el poder ciudadano, con unas nuevas reglas que nos sirvan a los ciudadanos, y donde los ciudadanos seamos los jefes de los servidores públicos. Nosotros pagamos, nosotros mandamos y nosotros revocamos. Eso sí que es «empoderarse», eso sí que es tener un poder civil.
Con el poder civil de control y coto a sus propios dirigentes España tendrá un resurgimiento. En estos tiempos revolucionarios y ciertamente convulsos (el caos es una escalera), nos alzaremos como un ejemplo de la verdadera democracia para el panorama internacional; y no como el ejemplo ridículo que somos hoy de malversación, arbitrariedad y una república bananera en la cual los partidos políticos cuando están en el poder dicen digo y cuando están en la oposición dicen Diego sin consecuencia alguna. ¡Del país de la pandereta, al país de la orquesta sinfónica de la democracia!
Por Juan Sánchez Salas.




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